lunes, 7 de mayo de 2018

narrar lo pendiente.

No me leas, que no soy más que un ser humano triste, que dejó pendiente narrar muchas historias: de personas que amo en una dimensión construida de palabras ya desvanecidas, en aquel mar cada vez más difícil de regresar, a esos bares que ya sólo se sostienen por la memoria.

Narrar las ganas de ver al que ya no veo, de darle seguimiento a mi fracaso de largo plazo y tratar de conquistarlo con la incondicional certeza de que estaré cuando las demás no estén. Decirle que perdono que sus casas ya no se parezcan, que haya ocultado mi dibujo, que repita las mismas frases encantadoras, que siga escribiéndome cuando asegura que ni le gusto, y que cada viernes haya un simulacro de intenciones muy flojas de sabernos en la misma ciudad.

Este viernes sólo será mi viernes si él está ahí.

jueves, 26 de abril de 2018

Nuestro album familiar

A veces los dos nos ponemos tristes al mismo tiempo y cuando eso sucede puede llegar a convertirse en una tragedia. La dinámica de consolar al otro cuando está roto o recibir apapacho cuando una lo está funciona casi siempre.

Pero vuelvo, a veces los dos nos descomponemos el mismo día y entonces él me dice que nos pongamos a ver nuestro álbum familiar que está lleno de fotos de todo menos de nuestra familia, sino de otras familias.

Ahí están las fotos de los otros padres, los que se casaron en Praga, con su respectivo recorte de sociales en periódicos, y celebraron por segunda vez en un restaurante de la colonia Roma en 1950. Están unas pequeñas ampliaciones de la misma pareja y sus amigos y amigas en un picnic elegante en La Marquesa o en el Ajusco. De ambos también conservamos sus fotos cuando fueron bebés por los años treintas. Después vinieron los hijos y se parecen al papá. Eran un matrimonio bello y privilegiado. Las postales y fotos posteriores que les daban se dirigían a él como doctor.

También están las fotos del tío que tenía un gran mariachi, de esos que representan a México en el extranjero. Envió a su esposa las fotos de cada lugar que visitó con una pequeña bitácora detrás. Viajaron a Israel, a Turquía, a España y a Francia acompañados de una bandera tricolor o de la virgen de Guadalupe.

Qué sofisticados son: los niños en el campo, las parejas fotografiadas en la orilla de los ríos, las muchachas coquetas. Los vestidos, los árboles, los coches, el agua, Europa, los fantasmas, los velos, las postales y las cartas de rutina. Todo lo que nunca tendremos por tocarnos vivir en este desencantado y rancio siglo veintiuno.

Al final, cerramos el album, suspiramos y medio nos componemos el alma. Volvemos a entender que no tenemos madera de padres, que somos miedosos, que deseamos estar juntos hasta cuando los años dejen de contarse. Que nos hace felices las fotos de otros, que todavía le caben unas cuántas más al album; fotografías de otros fantasmas, parientes ficticios, humanos anónimos, tiempos ajenos.


viernes, 22 de diciembre de 2017

Cuando muera quiero que me entierren en el siglo XX

+ El año empezó con la muerte de Hugo
+ y con la conciencia de cuán orgánica es nuestra existencia,
+ de lo inútil que resulta la búsqueda de un lugar en el mundo –actual–,
+ la vorágine en el deseo de ser reconocido en redes sociales, de ganar likes y followers, de ser validado: marcas y personas poniendo todo sus esfuerzos por sus 15 minutos de fama.
+ también inauguré el año con los primeros meses de vivir en pareja con Nando;
+ al principio, por ejemplo, no teníamos una mesa para los electrodomésticos y usábamos la licuadora sosteniéndola en nuestras manos, parados frente al enchufe.
+ Ahora, además de mesas y repisas, tenemos: unas pinturas de Kiestra, una pintura italiana, un dibujo de Luis Safa, ingredientes coreanos y un álbum Panini de Dragon Ball completado.
+ Un día cuidamos de un ventilador como si se tratara de un hijo.
+ Estos meses hablé mucho sobre la belleza y todo lo que creo que está mal con ese concepto
+ Vi por segunda vez una pieza de Andy Warhol, aunque no fui a la expo del Jumex.
+ Me emocioné con ver a Beach House y Björk en vivo, pero no sucedió.
+ Este año también murieron personas brillantes de mi generación: Grecia, Mariel, Alan, Ren Hang.
+ Mi primer blog cumplió 10 años.
+ Me volví fan de la salsa macha
+ y escuché un montón de música norteña, de la que da pena.
+ Hice fotografías que empiezan a definir un cuerpo de trabajo decente.
+ Hice fotos con Luis Safa, artista que admiro.
+ Hice unos retratos a una mujer transgénero para aclarar mis inclinaciones hacia el feminismo radical.
+ Seguí retratando a mis padres con toda conciencia de cuánto los amo.
+ Compré una correspondencia de los 70s de un matrimonio donde él escribe desde las ciudades más remotas a donde viaja por trabajo.
+ Desde que escuché Vuela de Magneto en el camión de regreso a casa, no me la he quitado de la mente. Me provoca lo mismo que My body is a cage de Arcade Fire y El despertar de Pizarnik: el deseo de suicidarme.
+ Ver la última temporada de Twin Peaks es muy relevante, en cualquier año o momento de la vida.
+ Por primera vez en toda mi vida tengo televisión con cable.
+ Me indigné con el texto de Valeria Luiselli sobre el feminismo. Pero al rato de unos meses volví a adorarla.
+ Mis fotos fueron exhibidas por primera vez en dos exposiciones colectivas.
+ Formo parte de la plataforma de imágenes contemporáneas del Centro de la Imagen. Ya pueden llamarme "fotógrafa", si quieren, claro.
+ Nando me deja mensajes milimétricos de amor por toda la casa.
+ Un día desperté con 29 años y mucha hambre,
+ lo celebré austeramente; contrario al anterior cumpleaños donde fui festejada en compañía del director del mejor museo, la coordinadora de la mejor galería y del mejor pintor de la ciudad.
+ Este fue el año de las canas y su proliferación en mi cabeza.
+ Nando y yo empezamos a vender nuestra colección de vinyles, de ropa vintage, de juguetes y libros en facebook.com/thefancyordinarios (sí, eso fue un anuncio).
+ Me despidieron de un trabajo y me hablaron de la agencia a la que había renunciado para irme a donde me corrieron. Volví. Aquí sigo...
+ y, cuando no uso taxi o uber, me transporto en camión junto con decenas de obreros.
+ Esto último en definitiva ha moldeado mi carácter.
+ Leí –apenas– a John Cheever, en dos semanas sentada en un camión.

+ Frecuentemente pienso que a Dios le place ver triunfar a los cretinos.
+ Cada día es más evidente que en este país nos matan por ser mujeres.
+ Ví a Gabriel. Me mostró una foto actual de su hijo, por cierto muy guapo y grande. 

+ Acarició mis rodillas, me tomó de la mano, bebimos y se portó como el tipazo que siempre ha sido. Bailamos canciones de los 90s en Marrakech. Desde esa noche perdí súbitamente mi libido y aún no la encuentro.
+ Compré una t-shirt de Comme des Garçons.
+ Volví a sufrir episodios de ansiedad en el transporte público.
+ Nando tiene una colección de fotos que me ha tomado con cámaras desechables.
+ Él es un increíble fotógrafo, de hecho.
+ Este año también tomé muchas fotos de él y documenté en vídeo un fragmento de nuestra vida juntos.
+ Me invitaron a fiestas de personas que admiro, supongo les caigo bien.
+ Me emocionan las nuevas generaciones de muchachas que digieren fácilmente los feminismos.
+ Quedé impresionada por dos películas mexicanas que inauguraron la cineteca de la ciudad: La región salvaje (Amat Escalante) y William el nuevo maestro del judo (Ricardo Silva).
+ Colaborar con los editores de Sada y el bombón está entre mis sueños cumplidos.
+ Ya solo voy a cantinas donde me llaman por mi nombre y donde pueda poner Baby, one more time en la rockola.

+ Me ofrecieron una expo individual para mis fotos en 2018.
+ Por fin lloré sin remordimientos con cada línea de La campana de cristal de Plath.
+ Después de nueve años, volvimos a reunirnos en familia con mis papás y hermanos,
+ y confirmé cuán distintos somos.
+ Escuché y ví en vivo a Arcade Fire.
+ Vi por primera vez una película de Ruben Östlund.
+ Fui feliz la última vez que visité el Centro de la Imagen viendo las fotos de D'Agata, la obra de Jose Luis Cuevas y una colección increíble de fotolibros.
+ Gabriel soñó conmigo. Mi libido no ha vuelto.
+ Me regalé una hermosa máquina de escribir de los 70s: una Remington de viaje.
+ También un libro caro con las fotografías de Francesca Woodman.
+ Cumpliré 30 el próximo año.
+ Aún lloro lágrimas de sangre entre depresiones.
+ Cuando muera quiero que me entierren en el siglo XX.
+ Estoy perdida, Altazor, sola en medio del universo.





Fracasos a largo plazo


La primera vez que salimos él aún no tenía un smartphone –aunque ya era 2014– y nos citamos por sms's afuera de un Sanborns Café. Se sorprendió al verme porque mi cabello era terriblemente rubio y oxigenado. Fuimos a la pulquería de Insurgentes en cuya pared estaba una pintura enorme de Daniel Lezama.

Tomamos cerveza, le platiqué que en el día había ido a una entrevista al periódico Reforma, en eso me mostró su libreta con anotaciones preciosísimas que no logro recordar y a modo de separador tenía una pluma del Reforma; celebramos la coincidencia.

Por supuesto, llevaba puesto el vestido que más me gusta hecho por mi madre y una parka verde militar. Después de las cervezas evidentemente fuimos a su departamento, en medio de ríos nacionales, el más bello de los posibles departamentos amueblado con lo más indispensable –para él–: libros. Siete libreros y la mesa con una torre de los pendientes de leer. Creo que nunca ha tenido una estufa.

Después de que ocurrió lo que trilladamente ocurre cuando él lleva a una muchacha a su departamento, me leyó en voz alta el Canto I de Altazor.

Este episodio está colmado de detalles que omito y que estoy segura que los recordaré conforme pasen los años. Por hoy, mi memoria me sorprendió con lo del mural de Lezama y la pluma del Reforma. A él lo recuerdo cada que pienso la Ciudad de México.


miércoles, 27 de septiembre de 2017

Se me acaba el argumento y la metodología

... cada vez que se aparece frente a mí tu anatomía.

Era 1998, quizá 1999, en cualquiera de los casos yo tenía diez años y sufría la primaria a culpa de mi fealdad y falta de carisma. En ese entonces, ya empezaba a ir a casa de Mariel a ¿jugar, platicar? ¿escuchar música?, y había algo en el hecho de esas visitas que no sé cómo definir y que me daba mucha culpa. Podrían ser las primeras groserías, la música mundana, la ausencia de un padre en aquella casa o la sensualidad que siempre me han despertado las muchachas. Como dato: a Mariel le crecieron los pechos desde cuarto de primaria, y eso era bastante sobresaliente.

Unos años antes, una vecina tenía el "Pies descalzos", no sé si Sandy o alguna de las hijas de doña Trini, y lo ponía todas las tardes sin excepción, varias vueltas al cassette, a volumen alto. Puedo identificar "Estoy aquí", la pista número uno, como una de mis primeras obsesiones en la vida. Cada que sonaba en el patio de a lado, yo salía frenética al jardín para escuchar, cantar, ¿bailar? aquella canción entre el ciprés y el pino de casa de mis padres.

A veces me quedaba a escuchar el resto del album, cerca de la barda, e intentaba aprenderme las letras y cantarlas con la rapidez que Shakira, pero como siempre fui pésima para los trabalenguas sospecho que no lo lograba.

Volviendo a Mariel, si mal no recuerdo ella tenía "Dónde están los ladrones", el segundo album de Shakira en cassette y me lo prestaba. Ya en mi casa, no sé de donde salió ese ritual de sacar la grabadora para escuchar música. Tal vez mis padres no soportaban la música dentro, no sé; en fin, este cassette prestado lo oía en la terraza.
Cuántas veces he intentado enterrarte en mi memoria
y aunque diga ya no más, es otra vez la misma historia.
Oh, esa terraza. De piso azul celeste con mosaicos de contornos singulares, ahora despintados. Con sus ventanas de reja cuadriculada en forma de balcones que hacían un hueco donde los pichones hacían nidos, ponían sus huevos y cagaban: nuestra plaga patrimonial. En las bocinas: bruta, ciega, sordomuda.


Tomaré este momento para amar esos mosaicos celestes y resbaladizos, donde se hacían pequeños charcos de agua y cloro cuando nos tocaba lavarla; y para amar también la capacidad de asombrarme con letras de canciones literariamente infames como las de Shakira.

A esa edad, con sonrisa de dientes chuecos, labios gruesos y trompita levantada, falta de autoestima, escuchar emocionada aquellas canciones parece tener más implicaciones de las que podría creer.

Me declaro incompetente para explicar lo que Shakira y sus hits pueden provocar en una niña de diez años. Tal vez la generación del "Despacito" logre explicármelo en el futuro.


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